http://historiadevaldivia-chile.blogspot.com/ historiadevaldivia.chile@gmail.com HISTORIA DE VALDIVIA - CHILE: LA TOMA DE VALDIVIA 2

LA TOMA DE VALDIVIA 2

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LA OSADIA DE COCHRANE
En el pensamiento de Cochrane, aun antes de su arribo a Chile, la permanencia de Valdivia en poder de España constituía un grave peligro que se debía conjurar; abonaba esta imprsión la noticia del zarpe de Cádiz en Febrero de 1819 del convoy compuesto por los navíos San Telmo (74 cañones), Alejandro I (74 cañones), la fragata Prueba (44 cañones), con destina a Valdivia. Por ahora la acción se postergaba a la espera del análisis de la configuración de su escuadra y la arenga moral para ejecutar la hazaña. Cochrane estaba decidido a no sólo quitarle al enemigo su puerto de llegada, con una pérdida clamorosa, sino que restauraría su crédito personal.
Hizo subir abordo a Miller, convaleciente por heridas recibida en Pisco, con quien entabló el siguiente diálogo:
-"¿Qué dirían de nosotro -le preguntó, qué dirían los chilenos si nos fuésemos con la O'Higgins a tomar los 7 castillos de Valdivia?, ¿Qué diría el gobierno?"
-"Lo que dirían -respondió Miller- sería sencillamente que su señoría sa había vuelto loco".
-"Pues precisamente por eso debemos ir. Los jefes que mandan en Valdivia piensan lo mismo que los que dirigen la guerra desde Chile, y están adormecidos en la misma ciega confianza".
Decidido el golpe, enfiló desde Guayaquil a Valdivia, avistando la Punta Galera el 17 de Enero de 1820; enarbolando el pabellón español, al día siguiente ingresó al puerto en una chalupa, certificando la ausencia del San Telmo y la existencia de sólo un mercante.
A las 6:30 se le acercó un bote de la guarnición, tripulado por el Sub-Teniente del Cantabria José Sala, el Cabo Ramón Monasterio, y 3 soldados que, engañados por la bandera y suponiendo ser La Prueba, o el propio San Telmo, subieron abordo, cayendo prisioneros. Monasterio, práctico del puerto, le serviría para efectuar su reconocimiento.
Enterados dos días de prolijas evoluciones, en tierra se comenzó a sospechar de los designios de los visitantes; el oficial y la escolta habían pernoctado abordo sin dar explicaciones de ninguna clase, no habiendo tenido respuesta los avisos transmitidos desde los castillos; finalmente éstos rompieron el fuego: puesta fuera de su alcance, la O'Higgins se mantuvo sin responder, a la espera del bergantín Potrillo, con auxilios, de cuyo arribo se habían enterado por los prisioneros.
El buque se presentó a la vista el 19 de Enero: protegiga por la bandera real, la antigua María Isabel se le aproximó, abordándolo sin disparar un tiro. Construido en Nueva York en 1809, con 16 cañones -retirados para estibar la carga-, traía 61 personas, 20.000 pesos en plata, 40.000 en pertrechos, 29 cajones de tabla, 49 quintales de pólvora, 6.299 tablas de alerce y 23 cajones de mercadería; mientras la marinería se entregaba al saqueo, el Comandante Jerónimo Romero, y el piloto Pedro Argain, hicieron entrega del inventario, aprovechando el tumulto para echar al mar la correspondencia. Junto con haberse hecho de un buen barco, Cochrane quedaba en poder de las cartas de navegación y del plano levantado por Moraleda, impreso en 1788, con lo cual, más su inspección ocular y la información proporcionada por sus prisioneros, estaba en óptimas condiciones para los futuros pasos. El 20 de Enero llega a Talcahuano, a la mañana siguiente propone su plan al Intendente Ramón Freire, evitando informar al Ministro Zenteno.
Freire le proporciona las tropas citadas, y prescindiendo del conducto regular -Zenteno- notifica directamente a O'Higgins: "me he informado -le dice- que el grueso de los enemigos en Valdivia consiste en 400 hombres (...); distantes como se encuentran los fuertes uno de otro, les he imposible ayudarse, y en consecuencia, pueden ser atacados por un número inferior (...). Nada derrotaría más al enemigo -concluía- que la captura de Valdivia".

LA GESTA Y BATALLA DE LA FORTIFICACIONES
La Expedición zarpó el 28 de Enero de 1820 en la noche con el pretexto de efectuar un desembarco en la costa de Arauco; por efecto de un descuido, la O'Higgins encalló en la Isla Quiriquina, provocando una filtración de agua, no obstante lo cual se continuó el viaje. El 2 de Febrero el Almirante dictó los detalles del ataque, consistente en entrar a velas desplegadas a Corral, desembarcando al pie del castillo, para avanzar desde allí por tierra a Chorocamayo y Amargos; en la fragata Dolores, anclada en el fondeadero, debían embarcarse los prisioneros, ingresando por el río el Intrépido y la Moctezuma a ocupar la ciudad, cumplido lo cual se procedería a sitiar Niebla; no tenía el propósito de gastar energía en esta poderosa fortaleza, consciente de que sin provisiones su rendición sería cuestión de tiempo. Se debía poner especial cuidado en poner a salvo la artillería y pertrechos, junto con todo objeto de valor, que debía ser embarcado como "beneficio para los captores"; el santo y seña sería "Freire Patriota". Beauchef se encargaría de disuadirlo de aquella temeridad: la incursión anterior, les señala, quedebía tener recelosos; serían fácil blanco de la artillería; se expondrían inútilmente arriesgando el éxito del desembarco; según Beauchef, hasta el final Cochrane insistía en el ataque frontal.
Medalla Condecoración. Anverso
El miércoles 2 de Febrero, nuevamente a la altura de Punta Galera, previo el traslado de sus contingentes a los barcos menores, fue despedida la O'Higgins, conocida en tierra, instalando el almirante la insignia en la Moctezuma. Al día siguiente, a las 3:30 de la tarde el vigía de Morro Gonzalo divisó las naves, badera española al tope; aunque su apariencia las hacía inofensivas, la experiencia adquirida hacía 15 días las hizo de inmediato objeto de negras sospechas (...), se disparó el tiro de aviso a los castillos, cuyo centenar de cañones se puso en disposición de entrar en acción.
Conocedores del lugar preciso donde se debía desembarcar, las naves se pusieron a la cuadra del Fuerte Inglés, en el mismo lugar en que 2 siglos antes Narborough había depositado al mítico Don Carlos; con sol radiante, una mar de leva dificultó un tanto la comunicación a tierra; por fin a las 16:30 la bocina logró inquirir sobre las procedencias de las naves, respondiéndosele, "Españoles que vienen de Cádiz en buques del Rey"; perdidos los botes en el Cabo, pedían un práctico. Pero esta vez los defensores no estaban dispuestos a ser burlados por 2ª vez: mientras los barcos insistían en el envío de un bote, un pelotón de 70 cazadores al mando del capitán Iriarte tomó sus posiciones en la playa. Abordo la tripulación, sofocada bajo los entrepuentes, esperaba ansiosamente el desembarco, mientras Cochrane aún defendía entrar directo a Corral; definitivamente convencido de lo contrario, ordenó preparar las lancha a sotavento; al soltarse una de ellas quedaron en evidencia sus intenciones.
De inmediato los cañones de los Fuertes: Inglés y San Carlos, ropieron el fuego: una bala atravesó el Intrépido de lado a lado llevándose 7 soldados. Mientras Cochrane daba orden de mover las naves y acelerar el desembarco, Miller, con su infabtería de marina, enfiló la primera lancha hacia la playa, mientras una bala le volaba el sombrero y otra hería en el hombro al timonel Thompson; atravesando rociadas de fusilerías que hirieron a varios soldados, Miller fue el primero en bajar, mientras en otras lanchas le seguía Beauchef con sus hombres; la Moctezuma, puesta en acción su pieza de a 8, fuera del alcance de la fusilería, podía dominarla, dificultando la labor de los fusileros un espaldón de piedra donde, de rebote, las esquirlas se proyectaban sobre sus espaldas con efecto de metralla, impidiéndoles el uso de sus armas; a punto de recibir a quemarropa a los atacantes, debieron abandonar su posición, dejando libre la playa y quedando definido el resultado del combate: prevista por los ingenieros militares como el talón de Aquiles del sistema, la posesión de esa playa sellaba la suerte de las fortalezas de esa ribera, con débil defensa en las golas.
Arribadas sin embarazo la casi totalidad de las fuerzas, Cochrane las animó con la siguiente arenga: -"Soldados, uno de los dos partidos tenéis que tomar: la muerte o la victoria. Son las seis de la tarde, hora en que la marea empieza a llenar. Si no vencéis seréis sumergidos por las olas, o moriréis a manos de vuestros enemigos, los españoles; y par que no tengáis esperanza de slvaros, las lanchas veis que ordeno se retiren a bordo". Designando San Carlos como punto de reunión, seguiría dirigiendo la maniobra desde su esquife.
Cumplida aquella etapa clave, contarios efectos se habían comenzado a sentir en las filas enemigas. Ni el Coronel Fausto del Hoyo ni Clemente Lantaño se encontraban en el puerto, debiendo dirigirse apresuradamente allí al oírse en Valdivia los primeros disparos; su llegada, con mucho atraso, no logró borrar el impacto producido por el exitoso desmbarco; Lantaño determinó concentrar las fuerzas de Corral, Chorocamayo y San Carlos, en la Aguada -cuya capacidad no estaba prevista para tal cúmulo de defensores-, allí se fortificó; el Capitán Fermín Quintero, destinado con una avanzada a obstaculizar el avance enemigo, se replegó sin cumplir con su cometido.
Medalla Condecración. Reverso
Beauchef, encargado de la operación de tierra, se hizo preceder por 6 soldados bajo el mando de Vidal y del Cabo Jo´se Antonio roa, mientras él puso a su lado a Monasterio, conminándolo a la alternativa de una buena recompensa en caso de éxito, o la muerte, en cao de traición; el prisionero optó por el primero, develando al francés los recónditos secretos del antemural del Pacífico; a Miller le servía de guía el Cabo español Vicente Rojas.
Vencida la áspera senda desde la playa al Fuerte Inglés, se organizó una vanguardia de 70 hombres al mando de Vidal, la cual, con la fuerza restante, se dispuso para el ataque; requerido desde el fuerte por 3 veces el"quien vive", al no recibirse respuesta, disparó mlas piezas del 24 pero, ya oscuro, el fuego no logró hacer puntería. Mientras Beauchef se precipitaba cons sus granaderos al grito: "¡A ellos, muchachos, y los castillos son nuestros!", Vidal había escalado la fortaleza por la espalda; los primeros en saltar habían caído muertos a espada, a manos del Capitán José María de la Fuente y del Alférez Peña, Seretario ndel Comandante Fausto del Hoyo; ambos, a su vez, fueron pasados a cuchillo; su bravura no fue imitada: los granaderos patriotas, a bayoneta calada, habían irrumpido en tropel, precipitando afuera a la mayor parte de los defensores, mientras otros pedían cuarte.
Para reunirse con Cochrane, Monasterio indicó el derrotero a San Carlos, donde era urgente llegar antes de que se organizase su defensa. Dentro de aquel fuerte, sin embargo, ello era muy difícil: débil el frente de tierra, empinado dentro de una isleta, se podía seguir el camino prescindiendo de su ataque; la premura no dio a sus defensores tiempo para organizarse y la tropa lo abandonó, fue ocupado a las 9:30, convirtiéndose en depósito de heridos al mando de Erézcano; 20 minutos después caía Amargos y a las 10:15, las Baterías de Chorocamayo; Miller pudo divisar el embarque de unos 100 fugitivos rumbo a Valdivia, entre ellos, herido, Clemente Lantaño.
A estas alturas en las filas patriotas la certeza de la victoria era completa: los soldados corrían en desorden adelantándose unos a otros, conndo ser constantemente detenidos por el norteamericano Carson, para evitar emboscadas. Los defensores prescindían de todos los recursos previstos para el caso; soldados caían precipitados unos sobre otros en las trampas del terreno, sin que nadie pusiera en acción sus dispositivos de defensa; Beauchef quedó con su uniforme hecho jirones, las charreteras, colgando de los árboles.
Minutos antes de la madrugada del viernes 4, se abrió simultáneamente el fuego sobre todas las entradas de Corral; mientras los defensores corrían a reforzarlas, los asaltantes asomaban con sus bayonetas en varios otros puntos: junto con iniciarse el ataque, ya habían entrado en tropel al interior. En lugar de dividir sus fuerzas en vanguardias, centros y retaguardias, refrescos o reservas, Beauchef había determinado un asalto total; los defensores, al creer que aquella fuerza constituía sólo la vanguardia, debiendo esperarse nuevos refuerzos ante los cuales serían incapaces de resistir, experimentaron la sensación de inutilidad de su resistencia; el combate cuerpo a cuerpo y las bayonetas hicieron el resto. La fuerza defensora quedó atrapada en una verdadera ratonera; hubo muertos y prisioneros, pero ninguna fuga: los muros del castillo, destinados a detener a los atacantes se habían trocado en cárcel para sus defensores; la rapidez de la victoria no significó cobardía: las bajas evidenciaron una defensa hasta la muerte, y la misma saña patriota, enérgicamente reprimida por Beauchef, ilustra la reacción ante un enemigo feroz; su Comandante debió ser acorralado como una fiera harto tiempo después de consumada la derrota, mereciendo admiración: el primer cuidado de Beauchef sería su protección, con la de los demás prisioneros.
Quedaba bajo la bandera real la costa Norte de la bahía y la Isla Mancera. Confirmando las opiniones emitidas 70 años atrás por Garland, Aróstegui, o la juanta de generales de Madrid, y contradiciendo las siniestras de Amat y de cuantos le habían asignado algún papel a esta isla, en la presente acción éste sería nulo. La esplendorosa mañana siguiente sorprendía a las fuerzas reales con la pérdida de la costa Sur Poniente, las banderas chilenas flameando en sus 6 fortalezas, disparando salvas al paso del Intrépido y la Moctezuma, Cochrane abordo; en vano se hizo fuego desde Niebla: 2 balas alcanzaron el casco del primero, sin mayores efectos; una pieza de moctezuma, en cambio, dio en el blanco silenciando un cañón enemigo. Poco antes de las 8, las naves fondeaban en Corral, donde estaban en condición de presas la fragata Dolores y el bergantín del rey. Cochrane felicitó a Beauchef y su hueste, recibió cortesmente al comandante español, y determinó el envío de 200 hombres a ocupar la ribera opuesta. Dos hechos harían variar este plan, la entrada de la O'Higgins, y el arribo de una embajada desde Valdivia; esto último hace necesario retroceder al día anterior para referir lo sucedido allí.

EL INGRESO A LA CIUDAD DE VALDIVIA
Memorial de Cochrane a 25 años después
El ataque había sorprendido a las autoridades en la más total desprevención, según la conseja popular, la fiesta: se vió a los responsables de la defensa llegar atrasados al puerto; el Gobernador Montoya, cuya sola presencia habría bastado para ejercer sobre sus soldados el influjo que requería el momento, paralizado ante los acontecimientos, prefirió permanecer en palacio. Convocado un Consejo de Guerra, su primera resolución fue el despacho a Niebla de 100 soldados de línea al mado de Gaspar Fernández de Bobadilla; a la altura de la Isla San Francisco esta fuerza se cruzó con Lantaño, transportado herido; logró llegar a su destino en la madrugada del 4, a tiempo para poder observar con estupefacción la entrada de la O'Higgins -sin hombres abordo y con 7 pies de agua en la setina-, que se supuso cargada de refuerzos; si con los contingentes de los 2 primeros buques sa había operado la toma de aquella ribera, ante esta nueva fuerza la defensa de Niebla aparecería sin destino; al desembarcar, Bobadilla encontró a la guarnición en plan de replegarse a Valdivia; disuadida de esta determinación, trató de organizar una defensa en la que el estado de ánimo no era el más adecuado para llevarla a término. Vidal la quebrantaría después de una débil resistencia, huyendo sus dragones por tierra, hasta la ciudad.
Estas nuevas, dramatizadas con objeto de disminuir la culpa, desataron el pánico colectivo, que en pocos momentos se tornó incontrolable. Una hola de terror hizo presa a autoridades, vecindario yn tropas: depósito de realistas huidos de la zona central y Concepción, la nueva del desastre presagiaba a sus ojos el más siniestro fin.

EL SAQUEO DE LOS PATRIOTAS
Carta de Cochrane a O'Higgins por bienes de Valdivia
Un consejo de guerra debía decidir entre las dos alternativas posibles: resistir intramuros, o huir; la ciudad estaba teóricamente prevista para cualquier ataque, aun a costa de su destrucción; en caso de abandono, fuerzas y caudales debían replegarse al interior, rumbo a Chiloé; pero el estado de ánimo no daba lugar a otra cosa que no fuera lo segundo, llevado a la práctica en medio de la mayor precipitación. Mientras un cañón disparaba a rebato proclamando "la llegada de la patria", la soldadesca, fuera de control, se precipitó al saqueo de los almacenes, robando efectos recién llegados en el navío francés Hauteloy, estimados en 200.000 pesos; un cajón con 27.000 pesos en moneda fue conducido al muelle y entregado a la voracidad popular. Algunos vecinos patriotas, no pudiendo contenerse, incurrieron en la temeridad de exteriorizar públicamente su júbilo, con el resultado que era de esperarse: el Regidor Juan Manuel Lopetegui fue muerto al instante y saqueada su casa, estando a punto de perecer su mujer, doña Francisca Mena, con todos los suyos; igual suerte consta que experimentó la casa de gregorio Henríquez. (Doña Rosario Gómez dice en 1825 que sufrió un "furioso saqueo, por hallarme yo con mi familia en mi chacra (...) cuando vine de regreso me encontré sólo con la caa, sin hallar alhaja, trste o mueble alguno").
Pero el caos estaba lejos de concluir: con la salida del último soldado realista terminaba el primer saqueo de la ciudad, iniciándose el segundo -quedaba aún un tercero, "oficial"-: el bajo pueblo, harto de padecer y por fin absolutamente libre, dió rienda suelta a sus peores instintos, destruyendo sin piedad cuanto se le puso por delante; su primer blanco fueron las casas de las familias monárquicas: la de Felipe Fernández de Lorca, de gran extensión, fue literalmente vaciada: 6 años después su propietario lo testimoniaría en su testamento; se salvó, nadie sabe cómo, la de las famosas "señoras mayoras", Molina y Agüero, en la plaza, acaso por el respeto que impusieron con su sola presencia; mientras se producía el éxodo general hacia chacras y haciendas, perecían asesinados, entre otros, el Teniente Coronel José Gatica y Domingo Peña, Oficial de la Real Hacienda de Concepción.

CABILDO ABIERTO
Al día siguiente de la entrada de Cochrane, se convocó por bando un cabildo abierto para elegir Gobernador; presidido por Cochrane y con Stevenson de Secretario, en medio de aclamaciones, los sufragios favorecieron a Vicente Gómez quien, "hallándose presente aceptó el cargo, jurado por Díos Nuestro Señor y los antos Evangelios el usar y cumplir con sus eberes (...), prometiendo bajo la religión del mismo juramento, guardar y cumplir todas y cualesquiera órdenes que reciba del Supremo Gobierno del Estado Independiente de Chile, en particular, desde este momento, a perseguir el exterminio a todos y cualquiera enemigos de la Independencia Americana". La lista encabezada por Cochrane, junto con patriotas de última hora -Ventura Carvallo, José de Ulloa o Pedro Nicolás de Léniz-, excluía clanes completos: ningún Adriasola, Asenjo, Lorca, Molina, o Pinuer.
No faltaron desmanes con los prisioneros, sobre todo en los primeros momentos: el Capitán Erézcano paso a cuchillo a dos oficiales rendidos a Vidal con promesa de salvarles la vida; Latapiat hizo fusilar a otros dos, intentando hacerlo con otros cuatro, por lo que debió ser sometido a consejo de guerra y remitido a Valparaíso. En posterior listas remitidas al gobierno se catalogó a los patriotas, omitiéndose la mención de los antiguos realistas; salvo los estimados "perturbadores públicos", remitidos en calidad de reos.
La magnanimidad de Cochrane durante su permanencia en la ciudad dejaría los mejores recuerdos, siendo ilustrativo el caso del joven Pedro José Montesinos Barril, que despojado de su sombrero de pipa y de un fino poncho por un soldado patriota, se presentó ante el almirante a reclamar; éste, "cual correspondía a su espíritu justiciero, (ordenó) se le entregaran inmediatamente las citadas piezas, no sin mandar aplicar enseguida correspondiente paliza al desconocido usurpador"; más noble sería su actitud con Fausto del Hoyo, a quien tomó bajo su protección, logrando que se le tratase con generosidad.
Comandante de las fuerzas militares fue nombrado Beauchef; Masenlli y Manuel de la Vega, ministros interinos de hacienda, y Ventura de la Fuente y Cosme Pérez de Arce, sus oficiciales; Felipe Bastidas asumió la administración de la renta de tabacos, que ya ejercía en el gobierno anterior; Cochrane dejó 12.000 mazos de aquel producto, 8 barriles de azúcar, un poco de hierro, y 1.000 pesos, que se fueron en gastos habituales dentro de la semana; aun en Septiembre se clamaba al gobierno pidiendo el urgente envío de fondos, hasta entonces suplidos por particulares.
La O'Higgisn entró a reparaciones, hasta fines de Marzo, el Intrépido, encallado, debió ser abandonado. Mientras Beauchef afianzaba la victoria en el interior de la provincia, Cochrane se embarcó en un fallido intento de rendir Chiloé; ambos sucesos confirmarían que la causa del desastre realista fue la incapacidad del mando: en Ancud brillaría le eficacia de Quintanilla.
La etapa más dolorosa estuvo representado por las presas de guerra. En el más estricto orden, bajo inventario, fueron incautados tosdos los bienes públicos, prorrateables entre los captores, en el siguiente orde: primero los buques; la fragata Dolores -vendida en Valparaíso en 20.000 pesos-, y los bergantines Potrillo, y del Rey; luego el arsenal del Mar del Sur: 100.000 balas de cañón, 170.000 de fusil, 128 cañones, 840 barriles de pólvora, 1.000 camas, infinidad de armas menores, tiendas de campaña, vestuario, y los edificios, tasados en 1.000.000 pesos. Siguieron enseguida los bienes aun subsistentes en los almacenes: 50.000 mazos de tabaco, subidos de inmediato a la Dolores; el hospital, el pabellón de cirugía y la farmacia -Gobernador Letelier reclamaría luego su reintegro, "porque aquí no ha habido sino la botica militar, que fue destrozada por los ingleses en la reconquista de esta pieza"-; el archivo -"dos cajas de cartas, correspondencia y registro que he traído de Valdivia", según carta a Zenteno-; en fin, el alhajamiento de la casa de gobierno, a la que no le quedaría "más que los techos, y las paredes, y las puertas sin cerraduras".
Allo siguieron los bienes de las iglesias y particulares: se recorará la riqueza de los templos, en platería y alhajas; aun se dijo que la encontrada en Valdivia pertenecía a los de Concepción de donde habría sido sacada por el General Sánchez, ha sido demostrado que no fue así, reclamando luego las autoridades locales, inventarios en mano, su devolución, Beauchef confiesa en sus memorias que la platería requisada en Valdivia llenaba 20 cajas, avaluadas en 16.000 pesos, mientras el inventario hecho por el Ministro de Hacienda en Diciembre siguiente permite identificar ricos objetos cuya existencia en la ciudad era conocida, entre otros, la "custodia de oro embutida en piedras preciosas" de la iglesia de Mancera; según el citado tesorero ni siquiera se había dejado cálices para poder celebrar la misa. El Gobernador Cayetano Letelier pedirá al Ministro Rodríguez Aldea la reposición de los objetos existentes en poder del apoderado de Cochrane, y "ojalá lo demás que se llevaron los ingleses de esta plaza, para cubrir de algún modo el déficit que por esta razón ha quedado en las iglesias y para adornar de algún modo las doce capillas que hay"; agregaba: "fue tal el destrozo y saqueo que se hizo en esta plaza al ingreso del sr. Almirante, de plata, oro y alhajas, y cuanto había del estado y de algunos particulares, hasto no dejar cosa alguna", que su valor se calculaba en 100.000 pesos. Después de largas investigaciones Cochrane informaría tener un baúl con vestiduras sacerdotales tomadas en Valdivia, "con un crucifijo", que pedía se destinasen al futuro templo Votivo de Maipú; por otra carta suya a Beauchef consta que se había dejado "20.000 dólares y el cofre con vajilla de la iglesia", que recomendaba cuidar. Estas pérdidas, más allá de su valor efectivo, significaron la liquidación del patrimonio artístico y cultural de la ciudad, recordándose en la prensa hasta 1878.
Como era de suponer, fueron incautados los bienes de las familias realistas, incluidos fundos y estancias, que fueron sacados a remate. En honor a la verdad, Cochrane estuvo en cierta manera obligado a proceder así: el gobierno no destinaba fondos para la mantención de la escuadra, lo que determinaba que ésta debía procurárselos como podía; por su parte el gobierno, estaba agobiado por los gastos de la Expedición Libertadora al Perú, y no le importaba mucho lo que pudieran padecer los habitantes de un punto tan distante como Valdivia, con un pasadp tan comprometido con el enemigo.
La noticia de la victoria llegó a Santiago la mañana del 17 de Febrero; las campanas fueron echadas al vuelo, disparándose una salva general; el número extraordinario de la Gazeta Ministerial, impreso a toda carrera, corría de mano en mano mientras la gente se abrazaba en las calles gritando "¡Viva Lord Cochrane! ¡Viva el héroe de Valdivia!!; el 18 de Febrero El Telégrafo publicó los detalles, largamente comentados en las ediciones siguientes: "es un suceso -diría- que hará época en la historia, y que inmortalizará los nombres de Lord Cochrane y de los bravos que bajo sus órdenes intentaron aquella heroica e importante empresa". O'Higgins hizo imprimir una ardorosa proclama a los valdivianos llamándolos a adherir a la patria: "¡Unión, ilustres valdivianos, con ella solo nos basta para triunfar de todos los esfuerzos de la tiranía y para transmitir a vuestros hijos la herencia más preciosa, más amable, la santa libertad!".

SALVAS Y HONORES A LA LLEGADA DE LA PATRIA
Condecoración de O'Higgins a Pedro Alemparte
En medio de la confusión los miembros del Cabildo que pudieron encontrarse, reviviendo sus venerables tradiciones, se hicieron cargo de la situación, improvisando una sesión urgente, no faltando la intervención femenina con su aporte inspirador: Gay conservó la memoria de doña María de los ängeles de la Guarda y Pinuer, quien le sugirió a su marido, Pablo Masenlli, el envío de una delegación ante el Lord; la idea fue acogida de inmediato, despachándose la embajada mencionada antes, a cargo de Martín Plaza de los Reyes.
Cochrane, cuyo mayor deseo era poner fin a la operación lo antes posible, la acogió con el mayor beneplácito, despachando 100 hombres al mando de Beauchef, con una proclama en que garantizaba el respeto a la propiedad privada e invitaba a los fugitivos a regresar a la ciudad con la promesa de excluir toda represalia. El bando surtió pleno efecto: tras sus palabras esta el prestigio de quien las profería, aún para los más monárquicos Cochrane era un Lord, y ante esta realidad toda aprehensión estaba demás; aún más, debía ser recibido como lo merecía: de la noche a la mañana se le preparó una condigna recepción; con las tropas Beauchef había vuelto el orden y devuelta la paz a los espírius, el recibimiento revistió caracteres de triunfo.
En la mañana del domingo 6 de Febrero de 1820, la moctezuma extendió su escalera en la gradería de la plaza de abastos, según el rito de entrada de los antiguos gobernadores, mientras se disparaba la salva real y eran echadas al vuelo las campana de las iglesias; Lord fue recibido por los miembros del Cabildo en un estrado, mientras doña Margarita Carvallo, perseguida por sus ideas liberales, lo saludaba adornada con tricolor -"tal hecho causó extraordinaria sensasión, como fue aplaudido por el distinguido marino"-, Rafael Pérez de Arce Henríquez le hizo entrega de las llaves de las cajas Reales, invitándolo enseguida el Regidor Masenlli, el Coronel Narciso Carvallo, y una granada representación, a subir hasta la Plaza Mayor; las tropas de Beauchef, cubrían el recorrido entre el Muelle principal y la plaza, poniéndosele desde ese día a la calle de Abastos el nombre de Libertad -que conserva- porque por ella había entrado este don a Valdivia. Presidido por las insignias del Cabildo, las fachadas cubiertas con colgaduras, el cortejo avanzó como en los mejores tiempos de la monarquía: en ventanas y balcones, vestidas con sus mejores galas, "distinguidas matronas y señoritas (...) disputábanse el primer puesto en ser admiradoras y propagandistas del nuevo orden de cosas"; Misa de Acción de Gracias y recepción en palacio cerrarían la jornada con su toque de virtud y frivolidad; el éxito de la oficialidad en el ánimo de las damas fue definitivo: el archivo de la catedral registrará luego, entre otros, los matrimonios de doña Juana María Lopetegui Mena con el norteamericano Daniel Carson, el de doña María Bernarda Asenjo y Mena con el británico Nicolás Oliver Lawson, el de doña maría del Pilar Pérez con josé María Labbé, el de doña Juana María Henríquez Gómez con Manuel Antonio Labbé, y el de su hermana Manuela con José María Rodríguez, ayudante de Beauchef.

APRECIACIONES DE LA HAZAÑA
La apearentemente fácil rendición de una plaza reputada como de las más importantes de América, hace necesario un breve análisis, afin de evitar explicaciones simplistas. Visto su detalle, puede observarse que Cochrane hizo uso precisamente de los recursos que los antiguos ingenieros militares habían señalado en sus planes de defensa como la parte débel del sistema: todos habían hecho incapié en que el lugar en que se efectuó el desembarco era el más delicado; el último, Manuel Olaguer Feliú, que en 1807 había recordado ser "recomendado por S.M. Para el tiempo de guerra, y en donde debe ponerse la tropa para impedir el desembarco".
Supuesto el eventual logro de tal desembarco, los planes habían previsto diversos recursos que debían entrar en acción: el sendero interior entre las fortificaciones, desde 1767, debía servir para "descubrir, detener y ganara tiempo, dando lugar a que los enemigos se pierdan en su empresa, consumiendo el repuesto que llevan de víveres y que, cansados de los trabajos (...) cedan y se retiren". Respecto al frente de tierra, Cermeño y cada uno de los ingenieros de turno, habían recomendado insistentemente el cuidado de los glacis y revellines, dibujados en los planos, pero no mantenedos, o ni siquiera hechos; Cochrane, en conocimiento de estos datos, tenía en sus manos, desde el primer momento, el destino de las fortificaciones.
Puerto de Valdivia 1784. Moraleda
Hacía 8 años que no había ningún ingeniero activo en el lugar; no se habían adecuado las defensas a los últimos avances técnicos y las discuciones teóricas sobre la preferncia de las flotas sbre los castillos, ventilada desde el virreinato de Gil y Lemos, en la década de 1790, habían restado recursos a las fortificaciones en beneficio de los buques. Esta reducción de recursos había sido drástica, y dese 1813, suprimida por completo en aras de la expedición restauradora y de las necesidades de la zona central del país. En 1810 Feliú había denunciado que su situación era tal, "que no puede reistir (...) a los esfuerzos de dos fragatas de guerra"; Beauchef comprobará "el miserable estado de los edificios (...) almacenes y cuarteles, que estaban inhabitables y los pertrechos, especialmente la pólvora, imposibles de conservarse".
Un último factor era el desguarnecimiento: 5 de los 15 puestos estaban previstos para 1.000 hombres; en 1780 los 87 cañones existentes eran "ineficaces para alguna operación (...) por falta de manos y fuerzas que los manejen"; en 1797 se calculaba que no había más capacidad que de un tiro por cada cañón, calculando Feliú en 1.163 soldados -Rodríguez Ballesteros, en 1.318- el mínimo necesario para una regular defensa; como se ve en el momento de la toma había 400.
Toda esta información estuvo a disposición de Cochrane: observado ocularmente en Enero, prolijamente explicado por Rojas y Monasterio, con la carata de navegación y el plano de Moraleda en mano; se lo había hecho saber a O'Higgins -desguarnición, confianza de los defensores en el papel disuasorio del conjunto-, con ésto, su idea de entrar a velas desplegadas -basada en la ineficacia de los disparos desde puestos sin artilleros- lejos de constituir una locura total; elegido el plan de Beauchef, también se estaba en conocimiento de la otra vulnerabilidad del sistema y los riesgos que se debían prever: la vertiginosa velocidad imprimida al avance sería la respuesta a las precauciones previstas por los ingenieros militares. La eficacia de las fortificaciones de la corona española descansaba en el secreto, tanto de sus potencialidades, como de sus debilidades, desconocido por parte de atacantes extranjeros, concretamente, ingleses; en la guerra de la independencia fueron desarticuladas porque los atacantes serían los mismos "españoles", conocedores de aquel secreto; por ironía, la toma del célebre antemural, definido durante siglos de la codicia de Inglaterra, sería dirigida por un inglés.
Las bajas realistas según Cochrane, ascendiero a 100 muertos, más otros tantos prisioneros; Beauchef reduce estas cifras a 30 y 50, respectivamente, mientras para Stevenson, fueron sólo 13 y 82, las patriotas, según Beauchef, fueron en total 37.

TRAS LA EUFORIA DEL TRIUNFO
La noticia se expandió dentro y fuera del país como un rayo: en Buenos Aires la Gaceta la difunde a partir del 22 de Marzo y en Londres el The Times y El Censor Americano, el 30 de Myo, comentándola aun en Octubre; la corte inglesa fue informada por el propio Lord el 10 de Abril; "Lord Cochrane es el milagro tal de habilidad náutica y valor -diría Sir James Mackintosh en Cámara de los Comunes- que ningún inglés puede leer sin orgullo el que tales cosas hayan sido hechas por un compatriota y sin la enorme emoción de que tal talento y tal genio sean perdidos por la tierra que lo vió nacer".
El Virrey Pezuela se enteró por el bergantín Palas, llegado el 18 de Marzo; antes, por el Hauteloy se había informado de la incursión de Enero; la noticia lo indignó; los partes oficiales, con los descalabros subsiguientes, le llegaron en la Victoria, desde Chiloé, el 16 de Abril, transmitiéndolos a la corte el 27 de Marzo; aunque tildó la conducta de Montoya ignominiosa e indecente, y sus justificaciones insatisfactorias, al publicar la noticia en la Gazeta de Lima restó importancia al desastre, en términos que ingisgnaron a la prensa chilena.
Gazeta Ministerial 17 Febrero 1820
Los honores tributados al almirante correspondieron a la magnitud de la hazaña: se multiplicaron las declaraciones públicas y las proclamas, se le regaló una hacienda en Concepción, confiscada a un realista, se premió a los oficiales con ascensos, y se acuñaron monedas de oro y plata con la versión neoclásica del escudo de la ciudad, la bandera chilena, corona de laureles, y la leyenda "La Patria a los heroicos restauradores de Valdivia. El día 3 de Febrero de 1820".
Pasada la euforia del triunfo el almirante debió trabarse en un ingrato pleito sobre el pago que debía recibir según la ley inglesa -67.000 pesos-, por las presas de guerra, criterio no aceptado por el gobierno de Chile (...) Cochrane seguiría reclamando aún en 1845, rebajada la deuda a 50.000; al cumplirse los 25 años de la hazaña se acordó por fin entregarle 6.000 libras esterlinas, considerarlo como en ejercicio activo por el resto de sus días, aún viviendo fuera del territorio, y obsequiándole una medalla por valor de 6.000 pesos.
La toma de Valdivia, y la subsiguiente expedición al Perú vino a confirmar, según lo habían repetido machaconamente los estrategas españoles, el papel clave de Chile en la seguridad del virreinato. La principal consecuencia de la hazaña no habría de ser de carácter loca, ni siquiera nacional; fue la palanca que se necesitaba para accionar la expedición libertadora: "puso al General San Martín -dice Miller- en el caso de poder dirigir toda su atención a libertar al Perú"; sería mencionada por Zenteno al ser despedidas, en Agosto sus 38 naves, y el grito "¡Recordad que habéis vencido en Valdivia!", profirido al ser abordada la Esmeralda, en el Callao. Según Beauchef, la hazaña "podía anunciar la pérdida del nuevo mundo a los españoles".

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Fuente:
* Nueva Historia de Valdivia. P. Gabriel Guarda, OSB. Ediciones Universidad Católica de Chile, 2001
* Julio César Avendaño. Recopilación Personal. http://historiadevaldivia-chile.blogspot.com